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FACULTAD DE TEOLOGÍA
“REDEMPTORIS MATER”
Apertura
del Año Académico 2008
Homilía
+
Miguel Irizar Campos, C.P.
Obispo del Callao
Jueves 13 de marzo de 2008
1. GÉNESIS 17, 3-9
Ayer se nombraba
a Abrahán en el evangelio, porque
los judíos se sentían orgullosos
de ser sus hijos. Hoy de nuevo aparece en
las dos lecturas –y en el salmo- como figura
del Jesús que con su Pascua se dispone
a agrupar en tono a sí al nuevo pueblo
elegido de Dios.
Yahvé
hace un pacto de alianza con Abrahán.
Le cambia el nombre, con lo que eso significa
de misión específica: ahora
no es Abrán (hijo de un noble), sino
Abrahán (padre de muchedumbres).
Dios le promete descendencia numerosa, a
él que es ya viejo, igual que su
mujer; y le promete la tierra de Canáan,
a él que no posee ni un palmo de
tierra.
Por parte de
Dios no hay problema. Él cumple sus
promesas: “el Señor se acuerda de
su alianza eternamente”, como nos ha repetir
el salmo. Pero Abrahán y sus descendientes
tienen que guardar también su parte
de la alianza, tienen que creer y seguir
al único Dios. Yavé será
el Dios de Israel, e Israel, su pueblo.
Abrahán
sí creyó, a pesar de todas
las apariencias en contra.
2.
JUAN 8, 51-59
Pero los que
se vanaglorían de ser descendientes
de Abrahán, no quieres reconocer
a Jesús como el Enviado de Dios.
Toman piedras para apedrearle. No son precisamente
seguidores de su padre Abrahán, el
patriarca de la fe. No aceptan que en Jesús
quiera sellar Dios una nueva Alianza con
la humanidad y empezar una nueva historia.
La verdad es
que algo de razón tenían en
“escandalizarse” de lo que decía
Jesús. ¿Cómo se puede
admitir que una persona diga: “quien guarda
mi palabra no sabrá lo que es morir
para siempre”, “antes que naciera Abrahán
existo yo”? a no ser que sea Dios: pero
esto es lo que los judíos no pueden
o no quieren admitir.
En el prólogo
del evangelio ya decía Juan que “en
el principio existía la Palabra”,
que es Cristo. Y que vino al mundo “y los
suyos no le recibieron”. Ahí ya estaba
condensado lo que ahora vivimos en la proximidad
de la Pascua: el rechazo a Jesús
hasta llevarlo a la muerte.
3. Ayer la
clave de este diálogo era la libertad.
Nos preguntábamos si somos en verdad
libres, y de qué esclavitudes tendrá
que liberarnos el Resucitado en la Pascua
de este año.
Hoy la clave
es la vida: los que creen en Jesús,
además de ser libres, tienen vida
en plenitud y “no conocerán lo que
es morir para siempre”. Si nuestra fe en
Cristo es profunda, si sólo sabemos
cosas de él, si no sólo “creemos
en él”, sino que “le creemos a él”
y le aceptamos como razón de ser
de nuestra vida: si somos fieles como Abrahán,
si estamos en comunión con Cristo,
tendremos vida. Como los sarmientos que
se unen a la cepa central. Los que “no sabrán
qué es morir” serán “los que
guardan mi palabra”: no los que la oyen,
sino quienes la escuchan y la meditan y
la cumplen.
En vísperas
de la Pascua –la fiesta de la vida para
Jesús, aunque sea a través
de su muerte- también nosotros sentimos
la llamada a la vida. La Pascua no debe
ser sólo una conmemoración
histórica. Sino una sintonía
sacramental y profunda con el Cristo que
atraviesa la muerte hacia la vida. Así
entraremos en la nueva alianza del verdadero
Abrahán y nos hacemos con él
herederos de la vida.
Los que celebramos
la Eucaristía con frecuencia oímos
con gusto la promesa de Jesús: “el
que come mi Cuerpo y bebe mi sangre tendrá
vida eterna y yo le resucitaré el
último día”. La Eucaristía,
memoria sacramental de la primera Pascua
de Jesús hace dos mi años,
es también anticipo de la Pascua
eterna a la que nos está invitando.
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